jueves, 15 de agosto de 2013

Mocanos en la Restauración de la República

Por Pedro Taveras (pjtaveras@hotmail.com)

Para la época de la anexión a España de nuestra proclamada República el 27 de febrero del 1844, Moca era un pequeño poblado no considerado  una provincia, pero era uno de los centros de conspiración más importante que tenía Santiago, junto a La Vega y San Francisco de Macorís; reunía a una dinámica comunidad, integrada a la vida social, política y económica de la región, de tal manera que se hacía sentir en lo nacional por la claridad con que formulaban y defendían sus intereses.
En las relaciones de producción pre capitalista, dominante para la época en el país, Moca reunía una fuerte presencia de la pequeña burguesía, sobre todo en sus niveles medios, que aliada con los diversos sectores pequeños burgueses del Cibao,  propiciaron  la lucha restauradora.
Posterior a la Revolución del Cibao, conocida como la Revolución del ’57, los sectores económicos, políticos y sociales cibaeños, y en particular los mocanos, fueron altamente perjudicado por los desmanes de Buenaventura Báez, el presidente de entonces y líder de un sector de la pequeña burguesía que se oponía a Pedro Santana, este último líder de los sectores hateros que eran los remanentes de la oligarquía esclavista patriarcal que predominaba al momento de la ocupación haitiana en 1822.
Báez perjudicó a esa pequeña burguesía con la emisión desmedida de papel moneda sin valor para comprar, sobre todo a los sectores productivos y comerciantes del sector tabaquero de la zona, lo que motivó a la clase media (en todos sus niveles) a integrarse en la lucha contra el poder que la arruinaba, lo que condicionó la llegada al poder de Pedro Santana, líder de los hateros y un sector medio que se había mostrado fiel a su liderazgo, para terminar entregando la patria al imperio español, el 18 de marzo del año 1861.
La población mocana disciplinó su vida en el vaivén de la producción tabaquera (producción que para la época era creadora de revoluciones, según Pedro F. Bonó y Gregorio Luperón), y otros rublos como café, cacao y la producción agropecuaria y pecuaria, en menos escala, cuyo mercado estaba orientado a la exportación.
Este dinamismo económico y social queda evidenciado en las impresiones de dos norteamericanos que visitaron la isla en misión de su  gobierno, con el propósito de conocer de la situación del país en dos época distintas: una la describe   

David Dixon Porte, en 1846, en su libro Diario de una Misión Secreta a Santo Domingo(1), cuando dice que todo el trayecto de Santiago a Moca, por las dos vías que conoció, están los campos llenos de cultivos agrícolas y mostró sorpresa cuando vio que en las tiendas de Moca, vendían los productos importados de Estados Unidos; y, 20 años más tarde, Samuel Hazar, otro visitante norteamericano interesado por la isla, describe a este pueblo en su Libro Santo Domingo su Pasado y Presente (1873) como una población radiante, con calles y casas diferentes a la mayoría de los pueblo que había conocido, dice:  “Moca es una ciudad activa y próspera en la gran llanura…Está situada en el corazón de un territorio famoso por su productividad superior a las demás regiones, siendo renombrados el café y el tabaco por su abundancia, crecimiento y buena calidad”.
Según Hazard “Las calles están bien pavimentadas, hay muchos almacenes con buenos surtidos de mercancías y con gran actividad comercial en apariencia, y agrega: Las casas están principalmente construidas de piedras o del concreto del país”.(2)
Comparaba a Moca con “las bonitas y florecientes ciudades cubanas”
Este dinamismo económico generó un sector de servicio muy importante: pequeños, medianos y grandes transportistas  de mercancías con animales, recuas que movían las mercancías, principalmente el cacao, café, el tabaco y la chuchería de importación desde y hacia los puertos para satisfacer a una población  cuyas condiciones materiales de existencias eran superior a la de gran parte del resto del país.
Las ideas y proyecto anexionista de Santana contradecían las ideas y proyectos de esa pequeña burguesía en sus niveles más altos, medios, bajos  y muy bajos, para usar la retórica boschista, unos porque no querían dejar perder su poder económico y político como sector y los bajos y muy bajos pequeños burgueses   por sus anhelos de subir de posición social.
La anexión a España en 1861 más que a mejorar las condiciones de vida de la gente la empeoró, objetiva y subjetivamente, como dice Bosch en su libro La Guerra de la Restauración.
Santana no pudo complacer los anhelos de estos sectores, pues sus intereses eran otros.  

Los más progresista de la región, encabezados por Gaspar Polanco, Santiago Rodríguez, Gregorio Luperón y otros destacados de la clase media, estructuraron las luchas a favor de la Restauración de la República, expresión de las ideas y movimientos de esos sectores de clase con el  naciente y  más avanzado proyectos de Nación.
Muchos luchadores de la Guerra de Restauración nacieron y/o crecieron en tierra mocana; se integraron como dirigentes, simples soldados, hombres de letras, sostenedores económicos, figurando en la lista de los restauradores, como podemos leer en DICCIONARIO BIOGRAFICO-HISTORICO DOMINICANO 1821-1890 de la autoría de Rufino Martínez (3).
Entre ellos  Juan Antonio Alix, nuestro más grande poeta popular y decimero del siglo XIX, quien además de luchar por la independencia se sumó a la lucha restauradora, sublevándose en Guayubin y Santiago en febrero de 1863.
De José Contreras, nativo de Jababa, después de haber dado los mejores años de su vida en defensa del suelo patrio, cuando este se vio mancillado por la anexión no perdió tiempo; ya viejo y ciego encabezó el asalto al fuerte de Moca, el 2 de mayo de 1861, convirtiendo a Moca en el escenario de la primera protesta  armada.  Entre los protagonistas de entonces se encuentran también otros mocanos gloriosos como José María Rodríguez y decenas de vecinos del Paso de Moca, donde sobresale  el nombre de Antonio Passicá.
Máximo Grillan también nació en Moca, luchador en la revolución del 1857, comerciante de profesión, estuvo encarcelado en la fortaleza  San Luis, cuando esta fue asaltada Grillan se fugó y de inmediato se incorporó a la lucha restauradora.
Otro Mocano hijo de Moca fue Segundo Imbert, radicado luego en Puerto Plata, hijo de José María Imbert de origen francés, pero que terminó siendo mocano de pensamiento y sentimiento, comandante del pueblo posterior a la Independencia  Nacional. También León Mareaje, oficial restaurador, encabezó un grupo de hombres para combatir en Los Chachases, donde murió.
Juan de Jesús Salcedo, hijo de Tito Salcedo, dirigente de la Independencia Nacional, se destacó en la lucha restauradora levantando tropas en los campos de Moca, junto a su hermano Pedro Pablo Salcedo, conocido más por el apodo de Perico. Otro guerrero mocano distinguido fue Manuel Rodríguez, a quien llamaban El Chivo.
Santiago Sosa fue otro  mocano independentista y una destacada figura de la contienda emancipadora.
Hoy en día Moca sigue siendo una comunidad con una fuerte presencia de la clase media y alta dominicana, capaz de responder ante cualquier cosa cuando sus intereses se ven afectados.

  Fuentes:
(1) David Dixon Porte, Diario de una Misión Secreta a Santo Domingo.  Editora de Santo Domingo, S.A, 1978. Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.
(2) Samuel Hazard, Santo Domingo su pasado y presente. Editora de Santo Domingo, S.A, 1974. Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

(3) Rufino Martínez, DICCIONARIO BIOGRAFICO-HISTORICO DOMINICANO 1821-1890, edición Colección Historia y Sociedad, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1971.

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La grandeza de un hombre en un grano de maíz

Por Pedro Taveras
Fidel Castro en sus reflexiones del 30 de abril de presente año, al escribir sobre el tema energético y las amenazas de transgresiones ecológicas y hambrunas que implicaría producir biocombustible de manera masiva para satisfacer el consumo de los países ricos, a partir de la caña de azúcar y otros alimentos, hace referencia al trabajo de cortar la caña manualmente, para destacar la cantidad de energía humana necesaria para producir el combustible.
Basándose en fuentes brasileñas (país que se prepara para la gran producción de etanol a partir de la caña de azúcar), Castro dice que para cortar 12 toneladas de dicha gramínea, cantidad ideal para que un picador pueda obtener la ganancia de su manutención, el picador tiene que someterse a unas 36,630 flexiones de piernas, caminar 800 tramos con cargas y desplazarse unos 8,800 metros en horario de las 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde.
Con estos datos el polémico líder cubano nos conceptualiza la energía humana como la capacidad que tiene la especie para realizar un trabajo, cuestionando de esta manera la cantidad de energía necesaria para la producción a gran escala del etanol, descalificándole como combustible alternativo, por lo insustentable desde el punto de vista humano y ecológica.
La energía a emplear en cantidad e intensidad produciría un impacto en lo ambiental y en lo económico perjudicial para la especie humana.
En este artículo lo que más puede impresionar a un ciudadano común fuera de Cuba, es saber que Fidel cortaba caña y no de manera simbólica.
El líder cubano, quien a temprana edad se perfiló como lo que es, contando con 44 años y en medio de la efervescencia revolucionaria, dirigía, ocupando la primera línea del frente, la batalla para cumplir con la zafra de los 10 millones de toneladas del dulce en 1970.
Para la época se escuchaba decir que el rebelde verde olivo cortaba caña, las opiniones contrarias siempre lo negaban y argumentaban que se trataba de actitudes publicitarias, no se admitía que hacía un trabajo productivo de manera cotidiana: "...desde temprano”, "durante cuatro horas" el ídolo de los revolucionarios del mundo trabajaba para la zafra, hasta que dejó de hacerlo porque sufrió una herida en un pie cuando con un afilado machete cortó hasta su bota por accidente.
Fidel ofrece este testimonio para explicar lo agotador que es cortar caña, aun teniendo todas las facilidades que no tenían otros, tales como que le afilaran el machete, tener almuerzo y un lugar para descansar.
Al decir estas cosas, Fidel distrae a cualquiera y, lejos del lector prestar atención al problema energético, le pone a pensar en la aptitud moral del revolucionario.
Así es la grandeza humana.
Su testimonio es estremecedor ante la conciencia de un mundo lleno de vanidad.
- "Fidel corta caña", decía papá.
- “mentira, ese es un doble, como se pervierten ustedes…", decía mi tío cura.
39 años más tarde de creer en las palabras de papá, leo lo que dice Fidel, al querer decirnos otras cosas: "yo personalmente he cortado caña no pocas veces por deber moral, igual que otros compañeros dirigentes del país. Y agrega: "Recuerdo el mes de agosto de 1969. Escogí un lugar próximo a la capital. Me movía bien temprano cada mañana hacia allí… No cesaba de cortar un minuto durante cuatro horas consecutivas… Ni una vez dejé de producir un mínimo de 3.4 toneladas diarias”.
Fidel admite que fue un cortador con mucha ayuda: "alguien se encargaba de afilar el machete ... luego me bañaba, almorzaba sosegadamente y descansaba en un lugar muy próximo - y termina diciendo, como si se tratara de un ciudadano cualquiera: "detuve aquel esfuerzo personal cuando me ocasioné una herida en el pie izquierdo. El afilado machete había penetrado en la bota protectora". (Reflexiones del 30 de abril de 2007, publicadas por Granma Internacional, versión digital)
Se trata del hombre del Moncada, el sobreviviente del Granma y el protagonista de la crisis de los misiles, al principio de la década del 60; cuando la tensión de guerra nos acercó a la real amenaza de la desaparición de la especie humana por la hecatombe nuclear, según los expertos.
Ese líder se corto un pie, en el momento en que cortaba caña. Un líder mundial cortaba caña.
“Fidel corta caña”, decía papa y yo lo cría con apenas 10 años.
Mi papá y yo no conocíamos que toda la grandeza del mundo cabe en un grano de maíz, como sentenció Martí.
pjtaveras@hotmail.com