Interés de una Misión Secreta (10)
El comandante, el profesor y el sacerdote rebelde de Cotuí
Como llegó a Cotuí tarde en la noche, procuró
buscar refugio donde el sacerdote, pero este no se encontraba y acudió al
comandante, quien lo llevó a la única escuela que había, sin mobiliario en la que se impartían los primeros cursos de
la educación básica; tenía “un aspecto sombrío”, pero “parecía un
palacio en comparación a las chozas donde había dormido antes”. Colgó su hamaca donde pudo y compartió la
noche con el profesor.
El comandante, por influencia del sacerdote,
al principio tuvo precaución y dudas sobre él y ordenó a su ayudante que le
pidiera su identificación o pasaporte, pero al ver sus credenciales firmadas por el presidente y la
carta del ministro de Estado, Comercio y Relaciones exteriores, Ricardo Miura, solicitando
a las autoridades que Dixon Porter debía “ser tratado con toda distinción” y
se le proporcionara el apoyo local en su tránsito, le pidió excusas y le
prestó toda su colaboración, aunque el comandante “dudaba de mi persona”.
El profesor, con quien compartió esa noche, lo
trató espléndidamente, ofreciéndole todo lo que pudo, en el medio de la más
extrema escasez que nada tenía que ofrecer, salvo generosidad y porque la gente
de Cotuí: “(…) por regla general la mitad de lo que tienen está a
disposición del extraño”.
El sacerdote, de quien tampoco menciona el
nombre, era Juan Puigvert, de origen catalán, quien
había llegado a una de las Antillas menores y luego se trasladó a esta media
isla, estuvo metido en los afanes independentistas, al extremo que las tropas
haitianas del general Charles Herard se
lo llevaron preso para Haití junto al cura de Macorís y el patricio Matías
Mella, de donde se fugó al estar preso domiciliario, según Emilio Rodríguez
Demorizi en su nota 86 del libro En Torno a Duarte y que puede el
lector conocer con más detalles en El Sacerdote y el Espía 1 y 2, que
publicamos en Acento en junio pasado (https://acento.com.do/opinion/el-sacerdote-y-el-espia-en-cotui-1-de-2-8950285.html.)
Juan Puigvert fue incisivo, espléndido y
familiar con él; lo invitó a almorzar, también a tomarse un vino en el tiempo
que estuvieron juntos. De entrada, confiesa Dixon Porter, el cura lo acusó de
ser un agente secreto:
(…) en términos bastante llanos me dijo que
yo era considerado como un "espía", un agente enviado allí para
descubrir las riquezas de las tierras, que los americanos cuando inmigraran a
Santo Domingo podían inmediatamente establecerse entre las "ollas de
carne"; que yo no había sido enviado por causa de ninguna simpatía
que los Estados Unidos sintieran por Dominicana, sino para fines ulteriores;
que ya habían enviado antes una comisión (la de Hogan), la que había informado al
gobierno del estado del país; que nosotros habíamos previsto de antemano la
terrible crisis a que serían reducidos y que yo ahora había venido para ver si
esa crisis había llegado, de manera que los Estados Unidos pudieran proponer
sus propios términos…(Diario…pág. 160.
Comillas y subrayado, DP; paréntesis y negritas, pt.)
Le
preguntó al marine que por qué Estados Unidos no había llegado antes a ayudar a
los dominicanos cuando se encontraban en lucha contra Haití. Por
todo lo dicho por sacerdote, el marine ni se inmutó, se quedó
tranquilo, lo que llevó al cura a decirle que solo un agente secreto era capaz de
escucharlo con esa acusación y quedarse tranquilo sentado. Y peor fue cuando lo
invitó al vino y Dixon le dijo que no tomaba, y señala que el cura tomó más de
lo debido, de inmediato el cura le dijo: “(…) ahora sé que usted es un agente secreto y no un marino,
-y se pregunta: ¿Quién nunca oyó un marino que rehusara el vino?, para
argumentar: “Cuando entra el vino sale el juicio (sic!) y quizás usted teme dejar salir secretos por
encima de la copa de vino” (Diario…pág.162. Paréntesis y negritas, pt.).
Juan Puigvert, el sacerdote a quien señaló
como la persona más inteligente que había conocido en dicho recorrido, le
pronosticó: “(…) que Estados Unidos era un gran caimán y quería tragarse
pronto estas pequeñas repúblicas como un remolino arrastra a su vórtice todas
las pequeñas briznas y otros objetos ligeros (…) y que íbamos pronto a tomarnos
Cuba, y luego temía por Santo Domingo. (Diario…pág.163. Negritas, pt.).
Dixon
Porter escribe que dialogó mucho sobre diversos temas con el cura, entre ellos
el tema de Texas que estaba al rojo vivo y el cura le rechazó todas sus
argumentaciones sobre su país con
relación a Texas.
El cura muy afectuoso lo acompañó a dar una vuelta por el pueblo para conocer sus inmediaciones, compartiendo informaciones demográficas sobre de éste y la común en general, le brindó coco de agua, y solo pagó con tan solo dar la bendición, le consiguió un nuevo caballo, el cual reponía la pérdida de la última montura y lo despidió con inusual familiaridad en la salida para Macorís..
Dixon Porter en junio de 1847, al cumplirse
un año del encuentro de Cotuí, ya se encontraba, comandando el Spitfire, embarcación
de combate de Estados Unidos en la segunda batalla de Tabasco, México, que
buscaba anexarse posiciones estratégicas del golfo de México.
Los augurios del sacerdote sobre Cuba, Texas
y República Dominicana quedaron demostrados en los años posteriores, y en el
caso de Dominicano, cuando los Estados Unidos en la década del 1860, buscaba
quedarse con la isla Alto Velo, amparado en la Ley del Guano y con parte de la
península de Samaná, y donde Dixon Porter había retornado al país como parte de
la comitiva que “negociaba” que Estado Unidos se quedara con un pedazo de la península
de Samaná.
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Fuente: Diario de una misión secreta a Santo Domingo (1846), Traducción por P. Gustavo Amigó Jensen, S. J. Editora de Santo Domingo, S.A. Santo Domingo, República Dominicana 1978. Con presentación de Juan T. Tavarez K. Sociedad Dominicana de Bibliófilos, INC.
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